Este lunes pasado, la Comisión Directiva del Club de Golf del Uruguay (CGU) recibió a su capitán, Martín Wells.
Tras una charla cordial -aunque lejos de una verdadera investigación- quedó claro que el episodio del score adulterado fue archivado sin mayores consecuencias.
Una vez más, las autoridades del CGU reafirmaron un mensaje tan implícito como preocupante: la trampa, si se maneja con discreción, puede ser tolerada.
Recordamos que hace dos domingos atrás, la situación involucró a cuatro jugadores señalados inicialmente por un “comentario, chisme o denuncia informal” -los términos utilizados del capitán en la Comisión Directiva no fueron claros-.
Luego, a pedido de la capitanía, se recurrió a las cámaras de seguridad del club y se constató que el score acreditado en la tarjeta no coincidía con lo jugado.
Los involucrados tuvieron varios días para corregir la situación y no lo hicieron.
No se autodenunciaron, no admitieron el error hasta que fueron confrontados directamente por las autoridades. Y aún así, no recibieron ninguna sanción.
Solo se les retiró el premio obtenido: pasajes ida y vuelta Montevideo-Madrid-Alicante, estadía en hotel de lujo y participación en la final del torneo organizado por la compañía aérea que aterriza en Montevideo, con regalos exclusivos incluidos.
Martín Wells y Gregor Schmid, responsables de la capitanía, consideraron que bastaba con una simple descalificación administrativa.
Como si falsificar un score fuera un error de tipeo.
Recién cuando fueron llamados por la capitanía, los jugadores reconocieron la “mala anotación”, en conjunto con sus markers.
¿Error humano o score adulterado (trampa deliberada)?
Una pregunta clave que el club eligió no responder.
Wells, con una liviandad preocupante, entendió que bastaba con descalificación automática del torneo y archivó el tema.
Así lo presentó ante la Comisión Directiva, que avaló su postura por unanimidad.
La Comisión, integrada por Santiago Fernández (presidente), Pablo Bonti (vicepresidente), Germán Pereira (secretario, aunque no asistió), Mariano Martínez (tesorero), Jorge Adum, Francisco Mathó y Gonzalo Vertiz (vocales), votó cerrar el caso.
En otras palabras, respalda una conducta antideportiva sin exigir consecuencias claras ni defender los valores del golf.
El mensaje de la Comisión Directiva a sus socios, y al golf uruguayo e internacional, es claro y alarmante:
Podés adulterar una tarjeta.
Si te descubren, decís que fue un “error de anotación”.
Entonces te descalifican, pero nada más.
No hay suspensión. No hay informe. No hay consecuencias éticas ni deportivas.
Desde ahora, el golf en Uruguay -donde la mayor parte de la actividad gira en torno al CGU- se rige por nuevas reglas: las reglas “a la uruguaya”.
Reglas que se escriben en los pasillos, en el tee de salida, o en el “hoyo 19”.
No en los centenarios libros de The R&A en Escocia, cuna del golf.
Reglas que premian el amiguismo, la protección mutua y la cultura del “no pasa nada”.
El tango argentino Cambalache resume con crudeza esta realidad: “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”.
Lamentablemente, describe con precisión la forma en que muchos practican este deporte hoy.
Y si esto ocurre en el club más tradicional del Uruguay, con una historia envidiable, donde la cancha fue diseñada por Alister MacKenzie -el mismo de Augusta National-, y de quien se dice que definió la cancha como “una esmeralda engarzada en la ciudad”; si en ese mismo trazado jugaron leyendas como Bobby Jones, Gene Sarazen, Eduardo VIII (cuando aún era Príncipe de Gales), Roberto De Vicenzo, Ángel Cabrera y la gran Fay Crocker, única uruguaya ganadora de Majors… ¿qué se puede esperar del resto?
El papel de la Asociación Uruguaya de Golf también es poco claro.
Dialogó con el CGU y consideró que adulterar un score no implica sanción.
¿Qué puede esperarse del sistema cuando el organismo rector no está a la altura?
No hace falta explicar demasiado cuando las autoridades captan rápido la idea.
Basta con insinuar o decir poco.
Al buen entendedor, pocas palabras.
Lo que está en juego tras estos hechos no es un torneo, una tarjeta ni siquiera un premio de lujo a España.
Lo que está en juego es el sentido mismo del golf: un deporte en el que la integridad personal es el único árbitro verdadero.
Ayer, hoy, mañana: el golf uruguayo sigue contaminado.
Los golfistas honestos tienen una responsabilidad: empezar a señalar a quienes permiten este tipo de conductas.
El silencio los convierte en cómplices, porque el problema no son solo los que hacen trampa; el verdadero daño está en las instituciones que los encubren.
Nota de interés:
Las cámaras del CGU vuelven a delatar otra trampa – BUEN GOLF TOUR

