Hace algunas semanas, durante el Torneo Metropolitano, disputado en La Tahona Golf Club y el Club de Golf del Uruguay (CGU), una filmación volvió a poner en el centro de la discusión la honestidad y el cumplimiento de las reglas en el golf uruguayo.
Las imágenes muestran una discrepancia entre los golpes realizados por un socio del CGU y los que quedaron registrados en su scorecard (tarjeta de anotación), menos golpes de los que efectivamente había realizado.
El episodio derivó en su descalificación y semanas después, en una resolución de la Comisión Directiva del Club de Golf del Uruguay que abrió un nuevo debate sobre las sanciones, la responsabilidad institucional y el papel de la Asociación Uruguaya de Golf (AUG) como organismo rector.
La Comisión Directiva resolvió por unanimidad suspender durante ocho meses el handicap del socio únicamente dentro del CGU, sin extender la sanción al ámbito nacional.
En consecuencia, durante ese período el jugador podrá continuar compitiendo en otros clubes con su handicap habilitado por la AUG, aunque no pueda disputar torneos en el CGU. Si puede utilizar las instalaciones y jugar al golf.
La decisión, además, desconoció la recomendación del capitán Martín Wells, representante del Club de Golf del Uruguay ante la The Alister MacKenzie Society.
¿Qué pensarían los miembros de la The Alister MacKenzie Society y el propio Dr. Alister MacKenzie al ver cómo se honra hoy su legado?
Un legado que debería estar asociado a la excelencia, la honestidad y la integridad del golf, valores que no pueden quedar subordinados a decisiones que limitan las consecuencias de una infracción a las fronteras de un solo club.
¿Desde cuándo las reglas del golf se aplican según la institución donde se juega?
¿Qué sentido tiene una sanción si el jugador mantiene habilitado su handicap nacional y puede continuar compitiendo en otros campos?
La Asociación Uruguaya de Golf conoce extraoficialmente los hechos, pero hasta el momento no ha asumido públicamente una posición.
¿Puede el organismo rector permanecer al margen mientras la aplicación de las reglas queda condicionada por las decisiones de cada club?
A este episodio se suma otro ocurrido durante la premiación, cuando un familiar del jugador descalificado acusó de antisemitas al presidente del CGU y a otras autoridades presentes.
Este medio cuenta con material audiovisual con audio relacionado con el incidente.
Las disculpas pueden aceptarse, pero eso no obliga a una institución a dar por cerrado un episodio de semejante gravedad sin fijar una posición.
La Comisión Directiva tuvo la oportunidad de defender la institución.
Faltó firmeza para marcar un límite y dejar claro que acusaciones de esa naturaleza no pueden quedar resueltas únicamente con un pedido de disculpas.
El problema, sin embargo, va mucho más allá de un jugador o de un club.
Hacer trampa no puede ser una opción para jugar al golf, ni para los mayores ni para los menores que aprenden mirando a sus referentes.
Quienes incumplen las reglas no pueden recibir un mensaje de indulgencia mientras quienes compiten honestamente esperan que las normas se apliquen por igual.
El VAR puede mostrar los hechos, a los dirigentes les corresponde actuar.
Porque si los tramposos pueden seguir compitiendo como si nada y las instituciones miran hacia otro lado, el golf está roto.
Recuperar la confianza exige reglas iguales para todos y tolerancia cero frente a la trampa.
Nota de Interes

