En el templo del golf más desafiante de Estados Unidos, J.J. Spaun firmó la hazaña más grande de su carrera.
Contra todo pronóstico, el californiano se consagró campeón de la edición 125 del US Open en el mítico Oakmont Country Club, Pennsylvania, Estados Unidos, luego de superar un arranque desastroso y cerrar con dos birdies electrizantes que desataron la ovación del público y sellaron su lugar en la historia.
Oakmont fue, una vez más, implacable.
El rough altísimo, los greens muy firmes (como vidrios) y los bunkers profundos -marca registrada del trazado- ofrecieron un test brutal.
Desde 1903, este campo es sinónimo de sufrimiento competitivo.
Allí ganaron leyendas como Ben Hogan, Jack Nicklaus, Ernie Els y el argentino Angel Cabrera.
Hoy, se suma J.J. Spaun, un jugador que encontró en el corazón su mejor herramienta.
La jornada final había comenzado torcida.
En solo seis hoyos, Spaun acumuló cinco bogeys.
Su nombre desaparecía de los carteles principales y el corte emocional era evidente. Pero entonces, el clima -como si el destino quisiera darle una tregua- obligó a suspender momentáneamente la competencia.
Esa pausa fue su renacimiento.
Spaun regresó al campo con otra actitud: más sereno, más preciso, más convencido. Recuperó solidez desde el tee, afinó sus hierros y mostró un gran control con el putter, que terminó siendo su gran aliado en la recta final.
A partir del hoyo 10 fue construyendo una remontada silenciosa pero firme, hasta llegar al 17 con chances reales de soñar.
Lo hizo: birdie al 17.
Y luego, el definitivo: birdie al 18, bajo la ovación de una galería que se rindió ante su coraje.
Su tarjeta final de dos sobre par lo dejó con un total de 279 golpes, 1 bajo par, rondas de 66, 72, 69 y 72 impactos, suficiente para alzarse con el trofeo en uno de los US Open más exigentes de los últimos años.
Con esta victoria, Spaun se convierte en campeón de Major por primera vez.
Se lleva no solo el trofeo y el reconocimiento eterno, sino también un cheque de US$ 4.300.000, clasificación automática a los cuatro grandes por los próximos cinco años, y un lugar privilegiado en la conversación del golf mundial.
“Pensé que se me había ido. Pero algo cambió tras la tormenta. Me dije: Este es tu momento, pelealo. Y aquí estoy. Esto es increíble”, dijo emocionado al recibir el trofeo.
En el implacable Oakmont, donde solo sobreviven los más valientes, Spaun no solo sobrevivió: reinó.
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