Renuncias que no hacen ruido y un golf que ya no manda

El Club de Golf del Uruguay (CGU) es, sin discusión, una de las instituciones más importantes de Sudamérica.

Su historia centenaria, el trazado diseñado por Alister MacKenzie y los eventos de jerarquía que supo albergar lo colocan en un lugar de privilegio dentro del mapa golfístico regional.
Todo eso, claro está, en el papel y en los recuerdos, porque desde hace ya algunos años, el nivel político e institucional no parece estar a la altura de semejante palmarés.

Las elecciones posteriores al cambio de estatutos, hace ya una década, dejaron señales claras que muchos prefirieron no leer.

Otros, directamente, se encandilaron con egos inflados y cargos que, al parecer, otorgan una sensación de poder tan tentadora como efímera.

La realidad es simple, aunque incómoda: mientras el Club de Golf del Uruguay es -o debería ser- un club de golf, su infraestructura golfística se ha deteriorado de forma sostenida, al tiempo que florecen con notable entusiasmo otras actividades.

Rugby, con su “filial” Los Cuervos, tenis, hockey, gimnasio con una amplia oferta de gimnasia funcional, musculación, entrenamiento de fuerza, clases aeróbicas, yoga y stretching, además de clases y equipamiento de primer nivel.
Todo muy moderno, todo muy activo… salvo el golf.

El campo presenta hoy un mantenimiento que va de regular a discreto, muy lejos de la jerarquía histórica que supo distinguirlo.

Greens irregulares, falta de consistencia en la preparación del trazado, servicios limitados y horarios restrictivos del driving range son algunos de los reclamos reiterados por los socios golfistas, que rara vez encuentran respuestas o soluciones concretas.

Las fracturas dentro de la Comisión Directiva ya no se disimulan, aunque todos se conozcan de memoria.

El quiebre definitivo entre oficialismo y parte de la oposición quedó expuesto tras las renuncias, en primera instancia, de Francisco Mathó (lista 33 – Renovación y Gestión) y, hace pocos días, de Gonzalo Vertiz (lista 379 – Juntos por el Club).

Con Mathó, el oficialismo nunca logró un vínculo armonioso.

Hubo más choques que consensos y la convivencia terminó siendo inviable.

Como primera fuerza minoritaria -segundo de tres- se esperaba bastante más de su presencia, aunque claramente no alcanzó para sostener la “fiesta en paz” dentro del seno directriz, dominado por un oficialismo que obtuvo en 2024 un triunfo categórico.

El caso de Vertiz es distinto, aunque no menos elocuente.
Ex presidente del club entre 2016 y 2018, se retira en este período sin estridencias, pero también sin dejar huella.

Su escaso respaldo en las urnas le dejó poco margen de acción y su aporte, en términos prácticos, pasó casi inadvertido en una gestión que ya venía con rumbo definido.

La salida de ambos candidatos a presidente en las elecciones 2024 -elegidos por los socios para integrar la Comisión Directiva- deja una lectura incómoda: el socio golfista parece cada vez menos representado dentro del órgano de conducción.

En este contexto, la disconformidad de muchos socios vinculados al golf se acumula.

Torneos, mantenimiento del campo, servicios, prioridades presupuestales y visión deportiva son temas que se repiten en pasillos y conversaciones informales, pero que rara vez encuentran eco en la mayoría directiva.

Servicios golfísticos pobres para una institución que nació, creció y se prestigió por el golf, mientras todo lo demás debería, simplemente, acompañar.

Las renuncias pasaron casi desapercibidas entre los socios.
Pero con las elecciones a la vuelta de la esquina -a fines de octubre- el escenario parece servido para que el grupo oficialista, que gobierna desde hace tres períodos consecutivos, continúe reinando sin demasiados sobresaltos.

Total, si casi nadie protesta, ¿para qué cambiar?

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